CULTURA/LITERATURA

SONRISAS COMPLICES

A nuestros amigos...

Eran como las tres de la mañana, cuando Santiago llegó a la estación de trenes. Soplaba un viento suave y esto hacía que la noche no sea tan fría. El viejo de la pipa miraba los vagones vacíos de la estación. Santiago se detuvo a pensar si el niño que jugaba con su autito en el banco donde estaba sentado el viejo sería su nieto, o tal vez hijo de la mujer que caminaba sin descanso en un sector del andén como esperando que suceda algo.
Santiago, escondido dentro del saco, mira a la mujer, al niño, al viejo y sin ningún remordimiento prende su ultimo cigarrillo. La mujer corriendo el pelo de su rostro lo mira; y Santiago, al ver la cara empapada de lagrimas, se hace algunas preguntas. Sus piernas, muy suaves pero inquietas, la trasladan de un lado a otro de la estación. Para todo esto el viejo saca el encendedor y pega unas cuantas pitadas a su pipa, largando grandes bocanadas de humo.
Santiago, siempre va a la estación de trenes a descargarse de su soledad entre tragos de ginebra, se dio cuenta que esta noche tenía algo de especial.
De repente la luz de un nuevo cigarrillo ilumina la cara, y en especial sus ojos.
Era hermosa lo que hizo que Santiago sonría con un aire cómplice al mirar al mirar a la mujer.
¿Que le pasaría? Se pregunto Santiago con gusto a ginebra. ¿Esperará a alguien? Y guarda la petaca en el bolsillo de siempre.
Un aviso del guarda le la estación de que el tren llegaría media hora mas tarde, no hizo mas que dejar ver la desesperaci6n de esas piernas suaves de la mujer, que iluminada por el cigarrillo y empapada de lagrimas no paraban de caminar.

Al preguntarme la hora casi con una voz de nervios, le conteste tres y veinte. La intriga me invadió y pregunté si esperaba a alguien, pero me di cuenta que los nervios la habían ensordecido, y en unos pocos segundos ya estaba en su terrible circuito, en su ida y vuelta que daba miedo. Que voz tenía, y sus dientes eran perfectos como sus mejillas y sus largas manos.

La mujer sigue dando vueltas, y al pasar cerca de, Santiago este escucha a la hermosa voz que dice - Que basura - Esto hace que desenfunde la petaca de ginebra para tomar algo de coraje y poder enfrentarse a la mujer. La ginebra hizo como una especie de imán evitando que Santiago despegue los pies del suelo para acercarse a la mujer la vuelta de la mujer, tuvo nuevamente la intención de hablarle pero no pudo, pues la lengua se le peg6 al piso de la boca, y sintió en ese momento que toda clase de comunicación seria inútil.

Pero yo la amaba, no podía quedarme con mi ginebra; esa mujer se está muriendo por la llegada de ese tren.

¿Si pudiera hacer algo para evitar que llegue ese tren? Para colmo la luz entre las vías empiezo a divisar.
Inmediatamente recordé viejas películas en las cuales los vaqueros hacían descarrilar los trenes para asaltarlos. Un tronco seria imposible, de donde lo sacaría; explosivos uno no acostumbra a llevar encima, Viene el tren. Pero creyendo haber encontrado la solución para poder descarrilar el tren con un fácil girar de cabeza vi cinco hermosas palancas de esas que sirven para los cambios de vía; inmediatamente corrí hasta ellas; pero me di cuenta que quedarían las huellas digitales impresas en ellas; entonces detuve a pensar las distintas formas de borrar las huellas de mis dedos. El tren se acerca. Sabiendo que quemándome 1as, gemas de los dedos se haría demasiado tarde además sería doloroso. Por un momento no pude creer que a pesar del frío una gota de sudor me corría por la frente; otra de las posibilidades era moverla con el pie, pero era imposible. En eso vi un vidrio que lo habrian puesto no hace mucho tiempo por que note que la masilla estaba blanda y pense en cubrirme los dedos con ella pero esto sería inútil, pues quedaría impreso las huellas de los dedos de la otra mano al moldearlos y además me deja mal olor, que tanto. La luz tren se ve cada ven más grande.

Y así pasó por todas las posibilidades, pero llegó a tal desesperación al ver que el tren estaba a solo unos veinte metros, que se zambulle entre piedras, durmientes y rieles.

El sargento Carreras, quien acababa de llegar a la estación, se hizo cargo del caso, y encontró en el bolsillo del saco del cadáver junto a sus documentos un par de guantes negros.
En eso la mujer acaricia la cabeza del niño que jugaba donde ya no estaba el viejo de la pipa, y se aleja con una sonrisa, que tenía algo de cómplice.


© 1992.- Pájaros - Prenafeta - Odello

Escrito el 31 de marzo de 1992 luego de una larga discusión en la estación de trenes
de la Ciudad de Nueve de Julio tres días antes de escribir este cuento.

 


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